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3. Capitalismo, imperialismo y crisis (III)

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En base a esa hegemonía, EE.UU. continuaría el saqueo de la periferia y las acciones armadas se dirigieron no sólo al control del mundo, sino que crea un nuevo enemigo en prácticamente todos los campos: la Unión Soviética.

        En ese momento occidente se vio obligado a mejorar las condiciones de trabajo para evitar que amplias masas trabajadoras optaran por reclamar un estado socialista. Nació así el estado del bienestar, una fase de acumulación marcada por la reconstrucción, la descolonización y el neocolonialismo, la expansión militar, las guerras en la periferia y el enfrentamiento con la Unión Soviética. El estado del bienestar se limitó a Occidente, solo posible gracias a los recursos expoliados de la periferia, y lo hizo de forma desigual y contradictoria, lo que provocó la intensificación de la lucha de clases hasta mediados de los 70.

        En ese año ya se habían manifestado síntomas de una nueva crisis qué terminó estallando en 1973, en la denominada crisis del petróleo que se prolongó hasta 1979. En esa década, el capitalismo diseñó una nueva fase de acumulación denominada neoliberalismo, basada en la expansión de lo privado, la reducción del Estado y lo público, la deslocalización industrial y la globalización económica. Precarización, externalización y posmodernidad son términos que definen esa fase.

        Sin embargo, a finales del siglo XX se aprecian síntomas de una nueva crisis que estalla entre los años 2007 y 2009, que se definió cómo sistémica, estructural y profunda. Afectó a toda la economía mundial, pero especialmente a occidente, provocando una situación de riesgo del sistema, hasta el punto de que algunas autoridades económicas advirtieron sobre la posibilidad del final del capitalismo, cuando menos, tal y como se le conocía. El sistema aparentemente se recuperó sin grandes transformaciones, con un programa de salvatage de créditos por billones de dólares de dinero público que no hizo sino reforzar la tendencia a la especulación financiera, en lugar de invertir en la economía productiva, que había dejado de ser rentable; en octubre de 2018 reaparecieron claros síntomas de una nueva crisis vinculada a la del 2007/2009.

        Durante 2019 y 2020, el Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco Central Europeo, así como autoridades del mundo económico y académico, declararon la existencia de una nueva crisis, que volvieron a calificar como sistémica, estructural y a largo plazo. Y que para enfrentarla, se necesitarían medidas extraordinarias, con graves consecuencias para una gran parte de la población y cambios sustanciales en el orden  mundial. Más tarde, en el Foro de Davos, a este proceso de transición hacia un nuevo Orden Mundial, a una nueva fase del capitalismo se le denominó como el Gran Reinicio (Great Reset) y se anunciaba como el retorno a la inversión productiva basada en energías renovables y desarrollos tecnológicos avanzados.

        Lo que fue una conmoción en 2019 desapareció en los años posteriores, opacada por el COVID 19 y la guerra de Ucrania. Sí durante el COVID-19 las alertas de la crisis desaparecieron y solo se hablaba de las consecuencias económicas de la pandemia, desde el otoño de 2021 solo se habla de la tensión creada por Rusia; a partir de la operación militar especial en Ucrania, todos los síntomas de la crisis y sus consecuencias se achacan a la guerra, ocultando definitivamente todo lo apuntado en 2019. Una vez más se impuso la inversión causa efecto: la guerra no fue consecuencia de la crisis, sino que la crisis es consecuencia de la guerra.

        Bajo la tensión de la pandemia y de la guerra desaparecen las causas de un sistema disfuncional y en crisis y se encuentran nuevos responsables, el “virus chino” y una Rusia genocida; solo hay que diseminar la amnesia y la propaganda de guerra, falseando, mintiendo y censurando como nunca hasta ahora se había hecho.

        En cualquier caso hay que señalar que esas crisis no están afectando por igual a todo el planeta. Es en occidente donde sus efectos son más graves, se demandan medidas extraordinarias y su capacidad de maniobra es cada vez más reducida. Se continúa en una trayectoria iniciada décadas atrás, marcada por el declinar de Occidente y el auge de otras potencias de la periferia: si entre el año 2000 y el 2021 Estados Unidos aumentó 2,2 veces su PIB, China lo hizo en 17,7 veces.

        El declinar de la hegemonía estadounidense es un hecho y dispone de pocos años para frenar y revertir ese proceso. Durante los últimos 78 años ha construido esa hegemonía y se ha organizado y estructurado en torno a ella; si no la recupera, será imposible que sobreviva tal y como hoy lo conocemos. Sus élites son conscientes de ello y están dispuestas a sacrificar a quien sea necesario para evitarlo. El sometimiento de Europa iniciado en 1980 y culminado en 2021 con su desvinculación del continente euroasiático y su dependencia energética de EE.UU. y la guerra de la OTAN contra Rusia en suelo europeo, muestran su dominio sobre occidente y el sacrificio de piezas tan importantes como Europa.

Coordinadora Estatal Contra la OTAN y las Bases

Euskal Herriko Fronte AntiInperialista

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